Las stablecoins han dejado de ocupar un espacio marginal dentro del ecosistema de activos digitales para convertirse en uno de los principales puntos de discusión sobre el futuro de los pagos, la intermediación financiera y la arquitectura monetaria internacional. Su propuesta es aparentemente sencilla: utilizar tecnología de registros distribuidos para representar digitalmente una unidad de valor vinculada a una moneda fiduciaria, normalmente el dólar estadounidense.
Sin embargo, detrás de esa aparente simplicidad existe una transformación potencialmente profunda. Las stablecoins pueden permitir transferencias de valor durante las 24 horas del día, reducir determinadas fricciones de liquidación y facilitar operaciones programables entre participantes ubicados en distintas jurisdicciones. Al mismo tiempo, introducen riesgos relacionados con las reservas, la liquidez, la regulación, la concentración de emisores y la estabilidad del sistema financiero.
El mercado ha experimentado una expansión considerable. El Banco de Pagos Internacionales situaba la capitalización global de las stablecoins en aproximadamente 315,000 millones de dólares a comienzos de abril de 2026, mientras el Fondo Monetario Internacional señalaba que la capitalización había aumentado con fuerza entre 2021 y 2025. Sin embargo, el tamaño del mercado continúa siendo reducido frente al sistema bancario tradicional y una parte importante de su actividad todavía se concentra dentro del propio ecosistema de criptoactivos.
La cuestión central, por tanto, ya no consiste únicamente en determinar si las stablecoins crecerán, sino en establecer qué función podrían desempeñar dentro de la infraestructura financiera internacional y bajo qué condiciones ese crecimiento podría resultar sostenible.
Infraestructura potencial de pagos
La principal transformación asociada con las stablecoins consiste en separar el movimiento de valor de algunas de las restricciones operativas presentes en los sistemas tradicionales de pagos. Una transferencia basada en una red blockchain puede ejecutarse de manera continua, sin depender necesariamente de los horarios bancarios tradicionales y con capacidad para incorporar reglas programables dentro de la propia transacción.
Esta característica resulta especialmente relevante para los pagos internacionales. En una operación convencional pueden intervenir bancos corresponsales, sistemas de compensación, proveedores de liquidez, mecanismos de conversión de divisas y diferentes infraestructuras regulatorias. Cada capa puede incorporar costos, tiempos de procesamiento y riesgos operativos. Una infraestructura basada en activos tokenizados busca reducir parte de esas fricciones mediante una capa digital común.
No obstante, conviene diferenciar entre volumen de transacciones y utilización económica efectiva. El BIS estimó que las stablecoins registraron alrededor de 35 billones de dólares en volumen de transacciones durante 2025, pero calculó que los flujos vinculados con pagos reales fueron aproximadamente de 390,000 millones. Esto indica que una proporción considerable de la actividad continúa relacionada con operaciones dentro del ecosistema de activos digitales y no necesariamente con la economía real.
La diferencia es fundamental para valorar su potencial. Una tecnología puede procesar grandes volúmenes sin convertirse todavía en infraestructura sistémica de pagos. Para alcanzar esa condición tendría que demostrar capacidad para procesar operaciones comerciales, liquidaciones financieras, remesas y transferencias corporativas a gran escala, con niveles adecuados de seguridad, interoperabilidad y cumplimiento regulatorio.
El atractivo estratégico se encuentra precisamente en esa posibilidad. Si las stablecoins consiguen integrarse con bancos, mercados de divisas, plataformas empresariales y sistemas de liquidación, podrían evolucionar desde instrumentos utilizados principalmente dentro del mercado cripto hacia una capa complementaria de la infraestructura financiera internacional.
El modelo de reservas: la estabilidad depende de los activos que respaldan el token
La palabra “estable” puede resultar engañosa si se interpreta como una garantía absoluta de estabilidad. Una stablecoin mantiene su vinculación con una moneda de referencia mediante mecanismos de respaldo, arbitraje, convertibilidad y confianza en el emisor. Por ello, la calidad de sus reservas constituye uno de los principales determinantes de su solidez.
La composición de esas reservas tiene consecuencias financieras relevantes. El FMI señala que cerca del 99% de las stablecoins están denominadas en dólares y que sus reservas se encuentran ampliamente concentradas en activos de muy corto plazo, como letras del Tesoro estadounidense y operaciones de recompra. Al mismo tiempo, existen modelos que utilizan activos de respaldo con mayor riesgo o menor liquidez.
Este diseño genera una conexión directa entre los emisores de stablecoins y los mercados monetarios. Cuando una stablecoin mantiene una parte importante de sus reservas en instrumentos gubernamentales de corto plazo, el crecimiento de su circulación puede aumentar la demanda por esos activos. Pero también significa que una crisis de confianza puede generar necesidades de liquidación importantes si los usuarios intentan convertir masivamente sus tokens en dinero fiduciario.
El problema es comparable, en ciertos aspectos, con un riesgo de corrida. Si los tenedores perciben que las reservas no pueden convertirse rápidamente en efectivo al valor esperado, pueden intentar salir simultáneamente. El FSB identifica precisamente el riesgo de corridas y otras vulnerabilidades como elementos que requieren atención regulatoria a medida que aumenta la interconexión entre stablecoins y el sistema financiero tradicional.
Por ello, el debate sobre las stablecoins no debería centrarse exclusivamente en la tecnología blockchain. La pregunta financiera fundamental es qué activos respaldan los pasivos digitales, quién custodia esas reservas, qué derechos tienen los tenedores y qué mecanismos existen para garantizar la convertibilidad bajo condiciones normales y de estrés.
La credibilidad de una stablecoin depende, en última instancia, de una arquitectura institucional. La tecnología puede facilitar la transferencia, pero no sustituye la necesidad de liquidez, gobernanza, custodia, transparencia y mecanismos jurídicos que permitan hacer efectivo el derecho económico asociado con el token.
Competencia para el sistema tradicional de pagos
La expansión de las stablecoins también puede alterar la estructura competitiva de los servicios financieros. Los bancos y proveedores tradicionales de pagos han construido durante décadas redes basadas en infraestructura física y digital, relaciones de corresponsalía, sistemas de compensación y mecanismos de cumplimiento. Las stablecoins introducen una alternativa basada en activos digitales transferibles sobre redes programables.
La magnitud potencial de esta competencia ya ha comenzado a reflejarse en los mercados financieros. Un estudio del FMI publicado en 2026 analizó la reacción de los mercados bursátiles ante legislación estadounidense favorable a las stablecoins y estimó una reducción aproximada del 18% en el valor de mercado de empresas de pagos tradicionales, equivalente a unos 300,000 millones de dólares. El efecto fue mayor entre compañías particularmente expuestas a los pagos transfronterizos.
El resultado no demuestra que las stablecoins vayan a sustituir a los sistemas bancarios, pero sí evidencia que los participantes financieros consideran creíble su capacidad para modificar la competencia en determinados segmentos. El mercado parece estar valorando una posible redistribución de ingresos asociados con procesamiento de pagos, liquidación y transferencias internacionales.
El impacto dependerá en gran medida de la capacidad de integración. Las empresas financieras que desarrollen infraestructura compatible con activos tokenizados podrían capturar nuevas fuentes de ingresos, mientras aquellas que dependan exclusivamente de procesos tradicionales podrían enfrentar una mayor presión competitiva.
Esta dinámica también modifica la noción de intermediación. En lugar de eliminar completamente a los intermediarios, las stablecoins podrían desplazar su función hacia actividades como custodia, conversión de divisas, gestión de liquidez, cumplimiento normativo, administración de reservas y conexión entre diferentes redes.
El resultado podría ser un sistema híbrido en el que dinero bancario, activos tokenizados y stablecoins coexistan. El verdadero cambio estructural no sería necesariamente la desaparición de la banca, sino la modificación de las capas tecnológicas mediante las cuales se mueve y liquida el dinero.
Stablecoins, dólares digitales y transformación de las finanzas internacionales
La concentración de las stablecoins en el dólar introduce una dimensión monetaria que trasciende la industria de pagos. Si una parte creciente de las transacciones internacionales utiliza tokens denominados en dólares, las stablecoins pueden ampliar el alcance digital de esa moneda dentro de economías y mercados donde el acceso al sistema financiero internacional presenta mayores costos.
El fenómeno puede favorecer el comercio y determinadas operaciones transfronterizas, pero también genera implicaciones para la política monetaria. El FMI ha señalado que cerca del 99% de las stablecoins están denominadas en dólares, mientras que investigaciones recientes muestran que sus flujos pueden producir efectos sobre los mercados tradicionales de divisas.
Un incremento de los flujos hacia stablecoins puede modificar la demanda de divisas y generar efectos sobre tipos de cambio y condiciones de financiación. Un estudio del FMI encontró que un aumento exógeno de 1% en las entradas netas de determinadas stablecoins podía elevar las desviaciones de paridad, depreciar monedas locales y ampliar determinadas primas vinculadas con financiación en dólares.
Esto convierte a las stablecoins en algo más que una innovación de pagos. Su expansión podría influir en la distribución internacional de liquidez y en la demanda de activos denominados en determinadas monedas. El efecto sería especialmente significativo si su utilización se extendiera ampliamente como instrumento de ahorro, liquidación comercial o financiación.
El riesgo macroeconómico aparece cuando una infraestructura privada de dinero digital adquiere suficiente escala como para influir sobre los flujos monetarios internacionales. La sustitución parcial de depósitos bancarios por stablecoins podría afectar las fuentes tradicionales de financiación de los bancos y modificar la manera en que el sistema financiero transforma depósitos en crédito.
El BIS ha advertido precisamente que una adopción generalizada podría tener efectos sobre la financiación bancaria, la provisión de crédito, la política monetaria y la estabilidad macrofinanciera. Desde esta perspectiva, las stablecoins deben analizarse como parte de una transformación monetaria más amplia y no únicamente como una innovación tecnológica.
El desafío de supervisar una infraestructura que atraviesa fronteras
La arquitectura internacional de las stablecoins plantea una dificultad regulatoria evidente: un mismo instrumento puede tener emisor, usuarios, reservas, proveedores tecnológicos y transacciones distribuidos entre distintas jurisdicciones. La naturaleza transfronteriza de las redes digitales puede entrar en tensión con marcos regulatorios organizados principalmente alrededor de territorios nacionales.
El problema no consiste solamente en decidir si una stablecoin debe ser considerada un activo financiero, un medio de pago, dinero electrónico u otra categoría jurídica. También es necesario determinar qué entidad supervisa al emisor, qué requisitos de capital o liquidez deben aplicarse, cómo se verifica la composición de las reservas, qué derechos poseen los usuarios y cómo se ejecutan procedimientos de resolución cuando una entidad enfrenta dificultades.
El FSB ha señalado que durante 2025 se produjo progreso en la implementación de su marco regulatorio global para criptoactivos y stablecoins, pero también identificó diferencias y brechas importantes entre jurisdicciones. Esa fragmentación puede crear oportunidades para el arbitraje regulatorio y dificultar una supervisión coherente de entidades que operan globalmente.
La regulación también debe abordar cuestiones de integridad financiera. El uso de billeteras de autocustodia, la dificultad para identificar determinadas operaciones y la naturaleza transfronteriza de las transferencias pueden complicar la aplicación de normas contra el lavado de dinero, sanciones y evasión fiscal. El BIS ha señalado que una proporción significativa de las tenencias de stablecoins se encuentra en billeteras de autocustodia, lo que incrementa los desafíos de trazabilidad.
Por ello, la regulación efectiva difícilmente podrá limitarse a establecer requisitos para los emisores. Será necesario construir mecanismos de cooperación internacional que permitan supervisar la infraestructura completa: emisores, custodios, plataformas, proveedores tecnológicos, intermediarios financieros y operadores de conversión.
La estabilidad del sistema dependerá en buena medida de que la innovación avance acompañada de una arquitectura regulatoria capaz de preservar la confianza sin impedir la competencia tecnológica. Una regulación excesivamente fragmentada puede frenar la innovación; una regulación insuficiente puede permitir la acumulación de riesgos difíciles de gestionar posteriormente.
¿Sustitución del sistema financiero o nueva capa de infraestructura?
La discusión sobre el futuro de las stablecoins suele plantearse en términos binarios: podrían convertirse en una alternativa al sistema financiero tradicional o podrían quedar limitadas a un nicho dentro del mercado de activos digitales. Sin embargo, la evolución actual apunta hacia un escenario más complejo, en el que diferentes formas de dinero y activos tokenizados podrían coexistir.
El proyecto Agorá del BIS, por ejemplo, ha demostrado experimentalmente que la tokenización puede utilizarse para realizar liquidaciones transfronterizas mediante reservas de bancos centrales y depósitos bancarios comerciales tokenizados. El proyecto avanza hacia pruebas con transacciones de valor real, lo que muestra que la innovación en infraestructura financiera no depende exclusivamente de las stablecoins privadas.
Esta distinción resulta importante. La tokenización puede transformar la infraestructura financiera sin necesariamente sustituir el dinero bancario o el dinero del banco central. Las stablecoins constituyen una de las posibles formas de dinero digital privado, mientras que otras iniciativas buscan tokenizar depósitos bancarios o utilizar dinero de banco central dentro de nuevas arquitecturas de liquidación.
El futuro probablemente estará determinado por la interoperabilidad. Una infraestructura financiera eficiente podría combinar diferentes instrumentos: depósitos bancarios tokenizados, dinero de banco central, stablecoins reguladas y activos financieros tokenizados. La capacidad de estos sistemas para comunicarse entre sí podría resultar más importante que el predominio absoluto de una única tecnología.
En este contexto, las stablecoins presentan una oportunidad significativa, pero también una paradoja. Su mayor fortaleza es precisamente su capacidad para conectar el ecosistema digital con unidades monetarias existentes; su principal vulnerabilidad es que esa conexión depende de instituciones, reservas y mercados tradicionales que continúan siendo indispensables para preservar la estabilidad.
La evidencia disponible en 2026 sugiere que todavía es prematuro considerarlas una infraestructura dominante de las finanzas internacionales. El FSB señala que los flujos de pagos transfronterizos mediante stablecoins siguen representando una fracción muy pequeña del total mundial y considera más plausible, al menos por ahora, su integración en modelos híbridos junto con dinero bancario, sistemas de divisas y mecanismos tradicionales de liquidación.
Sin embargo, descartar su importancia sería igualmente prematuro. Su crecimiento, la atención regulatoria y la reacción de los mercados muestran que están introduciendo una presión competitiva y tecnológica que puede modificar la estructura de los pagos internacionales. La cuestión estratégica no es únicamente si las stablecoins reemplazarán al sistema existente, sino qué partes de ese sistema serán transformadas por la posibilidad de mover valor digitalmente, de manera programable y potencialmente continua.
La próxima etapa de las finanzas internacionales probablemente no estará definida por una sustitución completa de las infraestructuras actuales, sino por una progresiva convergencia entre dinero tradicional y activos tokenizados. Las stablecoins pueden convertirse en una de las piezas de esa arquitectura, siempre que logren resolver el problema fundamental que acompaña a cualquier forma de dinero: mantener la confianza, la liquidez, la estabilidad y la capacidad de liquidación cuando el sistema enfrenta condiciones adversas.
