La factura de la baja productividad: lo que las empresas pierden al no invertir

La factura de la baja productividad: lo que las empresas pierden al no invertir

La productividad rara vez genera titulares cuando aumenta de manera gradual. Sin embargo, su deterioro puede convertirse en uno de los problemas más costosos para una organización porque afecta simultáneamente márgenes, salarios, capacidad de inversión, competitividad y crecimiento. En un entorno donde el capital es más caro y los costos operativos presentan mayor volatilidad, mantener bajos niveles de productividad deja de ser una ineficiencia interna para convertirse en un riesgo estratégico.

El Compendio de Indicadores de Productividad 2026 de la OCDE muestra que prácticamente todas las economías analizadas son más productivas que hace dos décadas, pero el ritmo de mejora se ha reducido aproximadamente a la mitad respecto de los primeros años de ese periodo. El organismo estima que, si se hubieran mantenido las tendencias previas a 2007, los niveles de productividad laboral de 2024 habrían sido entre 10 % y 20 % superiores.

La magnitud de esta diferencia ayuda a comprender el problema: pequeños rezagos anuales pueden convertirse en brechas económicas considerables cuando se acumulan durante largos periodos.

La productividad no consiste en trabajar más, sino en producir mejor

Desde una perspectiva empresarial, productividad significa la relación entre los resultados obtenidos y los recursos utilizados para producirlos. Puede medirse mediante producción por hora trabajada, valor agregado por empleado, utilización de activos, consumo energético por unidad producida o costos operativos por unidad de ingreso.

El problema aparece cuando una organización confunde actividad con productividad. Tener más reuniones, procesar más documentos o mantener ocupadas las líneas de producción no significa necesariamente generar más valor.

Una empresa puede incrementar horas laborales y simultáneamente reducir productividad si los procesos contienen esperas, reprocesos, errores, duplicidad de funciones o sistemas desconectados. Por esa razón, la productividad debe analizarse desde la arquitectura completa del proceso y no exclusivamente desde el desempeño individual.

La OCDE identifica la inversión como uno de los principales mecanismos para elevar productividad porque permite mantener y modernizar el capital productivo, adoptar nuevas tecnologías y facilitar la difusión del conocimiento entre empresas y sectores.

No invertir significa, por tanto, aceptar un deterioro gradual de la capacidad productiva relativa.

El costo de la subinversión se acumula silenciosamente

Uno de los problemas más frecuentes en administración consiste en considerar la inversión como un gasto que puede aplazarse indefinidamente cuando las condiciones financieras son difíciles. Esta decisión puede mejorar el flujo de caja en el corto plazo, pero también generar costos diferidos.

Una máquina que opera con menor eficiencia puede aumentar mantenimiento y consumo energético. Un sistema informático obsoleto puede incrementar tiempos administrativos. Procesos manuales pueden exigir más personal para sostener el mismo volumen de operación. La falta de capacitación puede provocar errores y reducir la capacidad de adaptación.

La OCDE encontró que la tasa promedio de inversión de sus economías fue de 22,6 % en 2024, por debajo del 23,0 % registrado en 2023 y también inferior al promedio anterior a la crisis financiera. Al mismo tiempo, la inversión en activos de tecnologías de información y comunicación ha adquirido mayor peso, aunque de manera desigual entre economías.

La conclusión empresarial no es que toda organización deba aumentar indiscriminadamente su gasto de capital. El punto es que la composición de la inversión importa tanto como su volumen.

Invertir en activos que no aumentan capacidad, reducen costos o mejoran calidad puede generar poco retorno. Pero retrasar sistemáticamente inversiones productivas puede producir una erosión mucho más difícil de revertir.

La productividad depende cada vez más de activos intangibles

La transformación tecnológica está modificando qué significa invertir. Históricamente, la inversión empresarial se asociaba principalmente con edificios, maquinaria y equipos. Actualmente, software, bases de datos, investigación y desarrollo, infraestructura digital y conocimiento organizacional tienen un peso creciente.

La OCDE señala que las inversiones en tecnologías de información y comunicación y en investigación y desarrollo han aumentado ampliamente desde 2020, aunque con diferencias significativas entre economías.

Esto genera una dificultad adicional: los activos intangibles son más complejos de valorar y, en determinados casos, más difíciles de utilizar como garantía financiera. La inversión puede ser esencial para la competitividad y, al mismo tiempo, presentar un perfil de riesgo diferente al de un activo físico.

Para las empresas, esto exige desarrollar métodos de evaluación más sofisticados. Una plataforma digital no debería evaluarse únicamente por su costo de adquisición, sino por el tiempo que ahorra, la reducción de errores que produce, la capacidad adicional que permite atender y el impacto que genera sobre la experiencia del cliente.

La misma lógica aplica a la capacitación. Un programa de desarrollo profesional es una inversión productiva cuando modifica capacidades y genera resultados verificables.

La productividad debe convertirse en una disciplina de gestión

El costo de no invertir no se limita a perder eficiencia. También puede significar perder capacidad competitiva frente a organizaciones que sí modernizan sus procesos.

Una empresa con menor productividad necesita más recursos para producir el mismo resultado. Esto presiona sus márgenes y reduce el capital disponible para futuras inversiones. Con el tiempo, se genera un círculo negativo: baja productividad, menor rentabilidad, menor inversión y productividad todavía más baja.

Romper este ciclo requiere establecer indicadores permanentes. Entre ellos pueden incluirse productividad laboral, utilización de activos, tiempo de ciclo, tasa de reproceso, costo unitario, intensidad energética y retorno sobre inversiones tecnológicas.

La inteligencia artificial añade una nueva dimensión. El BIS ha documentado que sectores con mayor exposición a IA han registrado mejoras de productividad, aunque también cambios en el crecimiento del empleo. Esto demuestra que la tecnología puede generar ganancias importantes, pero también que la inversión debe acompañarse de rediseño organizacional.

La productividad, en definitiva, no es un proyecto temporal. Es una capacidad acumulativa. Cada proceso ineficiente que permanece sin corregirse representa recursos que podrían utilizarse de otra manera; cada inversión productiva que se aplaza aumenta la posibilidad de que la organización pierda distancia frente a sus competidores.

En una economía caracterizada por mayores costos de capital, transformación tecnológica y presión sobre los márgenes, no invertir en productividad también es una decisión de inversión: significa invertir en mantener estructuras menos eficientes. La diferencia es que sus costos suelen aparecer lentamente, hasta que la brecha competitiva se vuelve demasiado amplia para corregirla con ajustes marginales.