El crecimiento del capital invertido no constituye, por sí mismo, una señal de fortaleza financiera. Una organización puede incrementar activos, ampliar instalaciones, acumular inventarios, adquirir participaciones o mantener elevados niveles de liquidez y, aun así, generar retornos insuficientes frente al costo de los recursos comprometidos. Cuando ocurre esta situación, el problema no necesariamente está en la ausencia de rentabilidad contable, sino en la productividad económica del capital utilizado.
La diferencia es relevante. Un activo puede contribuir al resultado operativo y, sin embargo, producir un rendimiento inferior al retorno que los proveedores de capital exigen por financiarlo. Bajo esta perspectiva, el capital improductivo no debe entenderse únicamente como un activo que genera pérdidas, sino como cualquier recurso cuya utilización no alcanza un nivel de retorno compatible con su costo de oportunidad, su riesgo y las alternativas disponibles.
En un contexto donde los inversionistas demandan mayor disciplina en la asignación de capital, la eficiencia con la que una organización convierte recursos financieros en beneficios operativos adquiere una importancia creciente. Una encuesta de McKinsey publicada en 2026 encontró que 63% de los inversionistas consultados considera la disciplina sobre el ROIC una característica distintiva de los buenos asignadores de capital.
Asignación de capital y generación de retorno
La asignación de capital constituye una de las decisiones estratégicas más relevantes dentro de las finanzas corporativas porque determina dónde se concentran los recursos y qué rendimiento se espera obtener de ellos. El problema aparece cuando las decisiones de inversión responden más a la continuidad presupuestaria, al crecimiento del volumen operativo o a criterios históricos que a una evaluación rigurosa del retorno esperado.
Una organización puede seguir destinando recursos a una unidad de negocio porque durante años recibió una proporción determinada del presupuesto, aunque su capacidad de generar retorno se haya deteriorado. También puede mantener proyectos que ya no justifican el capital comprometido, conservar activos subutilizados o incrementar el capital de trabajo por encima de las necesidades reales de la operación.
La disciplina financiera exige distinguir entre crecimiento del capital y creación de valor. El primero describe cuánto aumentan los recursos empleados; el segundo depende de la capacidad de esos recursos para producir retornos superiores al costo de capital.
Esta relación es fundamental porque una inversión solamente crea valor económico cuando el rendimiento generado por el capital supera el costo de financiarlo. El ROIC, comparado con el WACC, permite establecer esta relación de manera más precisa: cuando el retorno sobre el capital invertido se mantiene por encima del costo promedio ponderado de capital, existe creación de valor; cuando ocurre lo contrario, el crecimiento puede estar acompañado de destrucción de valor.
Por ello, el análisis del capital improductivo comienza mucho antes de decidir si un activo debe venderse o una inversión debe cancelarse. Comienza con la calidad de la asignación original y con la capacidad de la dirección para revisar periódicamente si el capital continúa generando el retorno que justificó su utilización.
Activos operativos y eficiencia del capital empleado
La productividad del capital no depende exclusivamente de cuánto gana un activo, sino de cuánto resultado operativo produce en relación con los recursos necesarios para sostenerlo. Esta distinción permite observar problemas que pueden permanecer ocultos cuando el análisis se concentra únicamente en ingresos, EBITDA o utilidad neta.
Una planta con capacidad ociosa, por ejemplo, puede seguir siendo técnicamente rentable y formar parte de una operación que reporta beneficios. Sin embargo, si una proporción significativa de su capacidad permanece sin utilizar, el capital inmovilizado en infraestructura, maquinaria y activos asociados puede estar generando un retorno inferior al potencial económico de esos recursos.
Algo similar ocurre con inventarios excesivos, cuentas por cobrar que permanecen abiertas durante periodos prolongados o activos que dejaron de ser estratégicos pero continúan registrados y financiados. En todos estos casos, el capital permanece comprometido mientras su contribución al rendimiento económico resulta limitada.
El análisis debe extenderse, por tanto, al capital de trabajo, los activos fijos, las inversiones operativas y, dependiendo de la estructura corporativa, determinados activos intangibles. El objetivo no es reducir indiscriminadamente el volumen de activos, sino determinar si existe correspondencia entre el capital empleado y la escala real de las operaciones.
La productividad del capital también debe observarse a nivel de unidades de negocio. Una compañía puede presentar un ROIC consolidado razonable mientras determinadas divisiones consumen capital y producen retornos persistentemente inferiores al costo de capital. La evaluación agregada puede ocultar estas diferencias y favorecer la permanencia de negocios o proyectos que deberían ser reestructurados, redimensionados o desinvertidos.
Por esta razón, la gestión moderna del capital requiere una lectura suficientemente granular para identificar qué segmentos están creando valor, cuáles están absorbiéndolo y dónde existe una oportunidad concreta de reasignación.
Capital inmovilizado y costo de oportunidad
El costo de mantener capital improductivo no se limita a los gastos asociados con su posesión. Existe además un costo de oportunidad derivado de no utilizar esos recursos en alternativas con mayor capacidad de generación de retorno.
Este aspecto adquiere especial importancia cuando una organización mantiene activos no estratégicos, proyectos de baja rentabilidad o niveles excesivos de capital de trabajo simplemente porque generan cierta contribución positiva al resultado. El hecho de que una inversión sea rentable en términos contables no significa que sea la mejor alternativa disponible para el capital.
Supongamos que una unidad de negocio genera un retorno positivo, pero inferior al WACC corporativo. Mantenerla puede parecer razonable porque aporta ingresos y EBITDA; sin embargo, desde una perspectiva económica, el capital comprometido podría producir mayor valor si se destinara a otra unidad, a expansión orgánica, reducción de deuda o incluso distribución a los accionistas, dependiendo de las circunstancias financieras.
Aquí aparece una de las principales dificultades de la asignación de capital: comparar usos alternativos de recursos escasos. El presupuesto de inversión no debe entenderse como una bolsa que necesariamente tiene que agotarse, sino como un mecanismo para seleccionar aquellas oportunidades cuyo retorno ajustado por riesgo justifica el capital requerido.
En 2026, PwC ha señalado precisamente la necesidad de conectar la asignación de capital con prioridades estratégicas, riesgos, ejecución y resultados financieros, en lugar de tratar el CAPEX como una decisión aislada del resto de la gestión.
La consecuencia es relevante para las organizaciones latinoamericanas: conservar capital por inercia también es una decisión de inversión. No reasignar recursos constituye, en términos económicos, una elección sobre dónde permanecer invertido.
ROIC y productividad del capital
El ROIC permite aproximarse con mayor precisión a la relación entre resultado operativo y capital invertido. A diferencia de indicadores que pueden estar más afectados por la estructura financiera o determinadas decisiones contables, el retorno sobre el capital invertido busca observar la eficiencia económica con la que una organización utiliza los recursos necesarios para desarrollar su actividad.
Su utilidad aumenta cuando se analiza junto con sus principales determinantes. Un deterioro del ROIC puede provenir de una reducción del margen operativo, de una caída en la rotación de activos o de un incremento del capital necesario para sostener un determinado nivel de ventas. Cada situación requiere una respuesta diferente.
Una empresa puede, por ejemplo, mantener sus márgenes mientras incrementa considerablemente sus activos para generar un crecimiento relativamente pequeño en los ingresos. En ese caso, el problema no necesariamente está en los precios o en los costos, sino en la intensidad de capital del crecimiento.
La relación puede expresarse mediante una lógica sencilla: el retorno depende tanto de la rentabilidad operativa como de la eficiencia con la que el capital es utilizado. McKinsey plantea precisamente esta descomposición mediante árboles de impulsores de ROIC, que permiten vincular el resultado financiero con variables operativas como ingresos, costos, generación de caja y productividad del capital.
Esta perspectiva resulta especialmente importante para evitar interpretaciones superficiales. Reducir activos puede elevar determinados indicadores en el corto plazo, pero no necesariamente mejora la economía del negocio si compromete la capacidad productiva. De igual manera, aumentar inversiones puede reducir temporalmente el ROIC mientras se desarrolla una capacidad que posteriormente genere retornos superiores.
Por ello, el análisis debe incorporar horizonte temporal, riesgo, capacidad instalada, ciclo de maduración de las inversiones y expectativas razonables de crecimiento. La productividad del capital no puede evaluarse correctamente mediante una fotografía aislada del periodo.
Desviaciones entre crecimiento y creación de valor
Uno de los principales riesgos para la dirección financiera consiste en confundir expansión con creación de valor. El crecimiento puede ser atractivo desde una perspectiva comercial, pero económicamente destructivo cuando exige comprometer más capital del que el negocio puede remunerar adecuadamente.
Este fenómeno puede aparecer durante expansiones geográficas, adquisiciones, ampliaciones de capacidad, acumulación de inventarios o desarrollos de nuevas líneas de negocio. Mientras los ingresos aumentan, también lo hace el capital invertido; si el incremento del resultado operativo no compensa proporcionalmente el capital adicional, la productividad económica comienza a deteriorarse.
La situación es particularmente compleja cuando las decisiones se evalúan con métricas exclusivamente orientadas al crecimiento. Ventas, cuota de mercado, número de establecimientos o capacidad instalada pueden aumentar simultáneamente mientras el retorno sobre el capital disminuye.
La solución no consiste en frenar el crecimiento, sino en establecer criterios que permitan distinguir entre expansión rentable y expansión intensiva en capital con retornos insuficientes. Esto requiere evaluar proyectos con tasas de retorno exigidas, análisis de sensibilidad, escenarios de flujo de caja y criterios consistentes de aprobación y revisión.
También exige una política activa de reasignación. Los recursos no deberían permanecer indefinidamente vinculados a unidades que han perdido atractivo económico mientras otras oportunidades presentan mejores perspectivas. La investigación reciente sobre productividad y asignación de capital destaca precisamente la importancia de una reasignación más dinámica, con revisiones periódicas del portafolio y disposición para retirar capital de actividades que ya no ofrecen perspectivas suficientes.
En última instancia, el capital improductivo representa un problema de calidad de las decisiones financieras, no simplemente de tamaño del balance. Una organización puede disponer de una estructura patrimonial sólida y, al mismo tiempo, presentar una productividad de capital deficiente.
La cuestión central para la dirección no debería ser cuánto capital controla la organización, sino qué retorno económico está obteniendo de él, qué riesgos está asumiendo para conseguirlo y qué alternativas existen para utilizar esos recursos de una manera más eficiente.
En mercados donde el costo del financiamiento, la volatilidad y las exigencias de los inversionistas condicionan cada vez más las decisiones corporativas, la disciplina de capital deja de ser una función exclusiva del área financiera. Se convierte en un criterio transversal de estrategia, operaciones y gobierno corporativo.
La verdadera eficiencia financiera no consiste en reducir activos por principio ni en maximizar el volumen de inversión. Consiste en mantener una relación racional entre capital empleado, riesgo asumido y retorno generado. Allí es donde la asignación de capital deja de ser una cuestión presupuestaria y se convierte en una fuente directa de creación —o destrucción— de valor empresarial.
